Madrid, 13 de junio de 2024.

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Querida Jass:

Hay una habitación en Pacífico llena de luces y música que suena sin cesar.
Siempre me quejo de que la pintura del techo se mezcla con la de la pared, pero es porque quiero ayudar a pintar, pasar más tiempo allí.
Hacer hogar.
Tiene una ventanita chiquitita por la que a veces se oye llover y hay siempre un plato de arroz con carne, aguacate y una cerveza fría para brindar.
Suena una película de miedo de fondo y unos ojos me miran en silencio fijamente.
Unos ojos de hombre, que esconden a un niño que dejó de ser niño demasiado pronto, que a veces recuerda a una madre que se tuvo que ir.
Muchas veces las madres se tienen que ir.
Pocas veces ser madre permite el olvido de serlo y, aunque las abuelas sean las que crían, tarde o temprano, las madres reclaman lo que parieron.
Entonces, se vuelve demasiado pronto o se siente demasiado tarde y esos niños van a un lugar que les es ajeno y se vuelven extraños y extranjeros en una tierra prometida, que es a veces no deseada, ni querida.
Quiero mucho a esta persona. Muchas veces hablamos del amor, nunca del que nos tenemos, siempre de los que perdimos.


Que difícil ser obligado a renunciar a una vida que se pierde para siempre, a tener pesadillas con amores de colegio con los que antes se soñaba, a dejar de pensar ¿qué quiero ser de mayor? porque ya da igual, a nadie le importa, casi ni siquiera a uno mismo.
Que difícil pasar de ser conocido en un hogar, una tierra y con unos vecinos, para convertirse en una sombra que molesta, incómoda y que aparentemente sobra.
No me sobra.
A mi vida le hacía tanta falta que pasó dos veces para poder quedarse.
Mi amigo compañero de baile y de vida.
El que siempre tiene la canción perfecta en el momento justo.
El que sueña con un amor correspondido que le de calma, mientras siente que no será capaz de quedarse.
Me gusta cuando nos vemos y cuando compartimos espacio y silencio.
A veces es mejor no decir nada y solo estar.
A veces estar ya es mucho.
Me gusta mirarle.
Me ata los zapatos cuando no puedo andar.
Y da igual lo lejos que esté,
siempre llama a un taxi para que me lleve con él a casa.
Siempre baila conmigo.
Siempre cuida de que esté bien.
Siempre me espera y me recibe.
Siempre nos hacemos ilusión.
Es mi regalo de la vida, aunque no sé si sabe que le siento como un regalo.

Le quiero, creo que nunca le he dicho que le quiero.

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