agosto de 2021

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Querida Azul,

 

Veo la llave al fondo de la alcantarilla.

Se me ha caído la llave del candado de la bici al suelo pero claro justo en el lugar especial para poder caerse por una alcantarilla. Estoy en una callecita del centro de Mitilini. Tengo tres horas para mi turno, menos mal.

Un paseante me dice que busque a un policía, que está fácil coger la llave si abren la alcantarilla. Bien de porquería. Pero ahí está, la verdad. Un camarero me dice que en esta isla es imposible encontrar a un policía si lo necesitas. Otro paseante me dice que por ahí andarán paseando, pero que más tarde. Que ahora es muy temprano para la policía.

Busco una comisaría.

Está … Mucho más lejos del radio que uno cree que podría albergar Mitilini sin comisaría. Cojo un taxi. Entiendo de antemano que llévame a una comisaría, por favor es lo más estúpido que puedes decir en esta isla.

Espero… Mucho tiempo. Me dicen que eso es en no sé dónde. Con los locales. O los de urbanismo. O los del Ayuntamiento. O no tengo ni la menor idea. Pero voy a donde ellos. Creo que caminando. Qué calor. No hay nadie. Que vienen en un rato.

Paréntesis. Me han prestado la bici. No puedo probar que es mía y no quiero hacer una tontería porque lo que sí hacen muy bien aquí los policías es llevarse cosas en cuanto tontería. No tengo pa pagar una bici y firmé que lo haría si le pasaba algo a ésta. Es blanca bien majica.

Cojo un taxi. Vuelvo a las callecitas del centro. A ver dónde están esos policías paseantes que me entere yo. Que me entere yo aquí no hay uniforme condecorado alguno. Militares, militares si quiero encuentro. Querer no quiero. Qué calor. Queda una hora para mi turno. Voy andando. Duty calls.  Pongo rumbo gym. Me encuentro a Eli. Le cuento. Me señala la ferretería amiga. Eskerrik asko. Señor de ferretería amiga me presta un pedazo de alicate.

Agradezco el alicate. Y ahí que voy.

Llego a la bici, dejo la mochila, cojo el alicate, cojo el candado, y venga. Y entonces aparece un policía y me dice «can I help you?»                        Silencio          Le doy el alicate. Rompe la cadena. Ti ta. Me devuelve el alicate con una gran sonrisa.   Silencio           Lo cojo, sonrío, lo meto en la mochila, me subo a la bici, y me voy.

 

 

La madre del cordero.

 

 

¿Yo estoy protegida con sonrisas gracias a que otros no lo están, verdad?

 

 

 

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