¿Qué tendrán los lugares que hace que queramos escribir?
Yo creo que a mí me apetece escribir porque he dormido en muchos lugares.
También los lugares hacen que queramos leer. En el altillo que tengo encima, como los de aquellas camas en lo alto en las que me acogían de niña para que conociera Barcelona, leeré por fin a Chéjov de la mano de mi padre. Lo he sabido antes de conocer este lugar.
Un pasillo, dos balcones, un árbol especial y sé que Vicky ha decidido sentarse a escribir, de su puño y letra, una carta. Para compartir, una casa. Su carta y su voz retumban en mi mente cuando camino por la casa. Qué bello su porte.
Me he traído joyas y fósiles. Palabras de antaño que darán para risas, aplomo, y decisiones: vuelos a la basura.
Qué vergüenza lo que fuimos. Qué va. ¿Lo que escribimos?
Salgo a la calle de nuevo.
Recuerdo: hay que salir y hacer cosas
Recuerdo: por lotes no
Recuerdo: hazte vida fácil
Recuerdo: no hace falta estar mal en el camino
Escucho: «Ziaboga. La maniobra de girar en las traineras. La palabra es muy bonita. “Bogar” es remar. “Ciar” es el movimiento contrario: remar hacia atrás [lo que viene a ser, pienso, empujar el agua hacia delante]. Para girar, unos tienen que bogar, y otros, ciar. Zia-boga.»
Conecto los puntos y me doy cuenta del dibujo: anotar según venga —en uno u otro lugar, con salitre o bohemia—, aún siempre todavía, y saber… lleva tiempo maniobrar para poner nuevo rumbo: de un lado, traer a mirar lo que había, y… del otro, tirar, soltar, lanzar para atrás.
Y cantar
[con ímpetu]
En un booote de vela, aa la maar me tiro
…
Rrruumbo noo sé dónde, quieeero naufragarr
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